Mide tus palabras

Relatos de Aster Navas

Monday, May 16, 2005

De cómo Doña Elvira conoció varón

El quince de Agosto del año de gracia de 1594, el Duque de Biescas irrumpió en el convento de las devotas madres clarisas donde su primogénita era educada. Besó Don Cleto a su hija ceremoniosamente y le entregó un relicario de alpaca con la imagen del hombre con quien esa misma tarde contraería matrimonio por poderes. La muchacha, siempre dócil a los dictados paternos intentó sorprender en aquel grabado algún detalle al que aferrarse pero lo cierto es que el dibujo no resultaba demasiado elocuente. Tendría –su flamante esposo ostentaba al otro lado del océano el virreinato de Antigua- tiempo más que suficiente para imaginarlo.El caso es que Doña Elvira compuso un par de baúles y, subida a mujeriegas a un garañón, partió del monasterio una mañana de otoño. Hizo el camino hasta Sevilla con una novicia y dos mozos de cuerda. Estos bregaban con bultos y bestias y la monja, siguiendo órdenes de la madre abadesa, ponía al tanto a la recién casada sobre las servidumbres del matrimonio. El caso es que la sor le expuso con tal crudeza y desacierto los detalles de la cópula conyugal que la joven a punto estuvo de arrojarse por algún cortado de Despeñaperros, segura de que esa muerte sería menos traumática que su noche de bodas.Hizo falta mucha mano izquierda para calmarla y embarcarla en el Virgen de Begoña, una nao de tres palos fletada por la Casa de Contratación.El contramaestre del barco le hizo un retrato más detallado de su marido. Por él y por el resto de la marinería supo que Don Álvaro Barbián Landaluce era un hombre de considerable envergadura y de acero fácil. Su temeridad le había convertido en el hombre ideal para fundar y defender ciudades en medio de una selva poblada de alimañas y de insurgentes indígenas.El caso es que una mucama le abría un mes más tarde el portón de un palacete azul desde cuyos balcones se dominaba la catedral colonial y la Plaza de Armas. La mulata acompañó a su nueva ama por el distribuidor de la tercera planta y la acomodó en una habitación de techos inalcanzables y luz inaudita. Doña Elvira, aterrorizada, decidió encerrarse en aquel aposento pretextando cansancio, jaquecas y un comprensible mal de altura.A la tercera noche oyó gritos por el pasillo; el pestillo no tardó en ceder. El hombre cerró entonces con una inesperada delicadeza la puerta tras de sí y acercándose a la mujer incorporada sobre el lecho se hurgó entre las calzas: la muchacha vio que agitaba en sus manos una culebra imposible de hocico húmedo y se parapetó tras la almohada.Coméosla….. –susurró Don Álvaro blandiendo un sexo enorme.¡Que no me coma…! ¡Que no me coma…! –gritó fuera de sí Doña Elvira huyendo despavorida de la estancia.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home